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Siervos de Dios

Un sermón de Padre Juan Sandoval
Bautismo de Jesús – Año A

 

Esta mañana las lecturas resuenan. El orador divino anuncia la presencia de un siervo elegido por Dios y que es motivo de alegría para Él. Dios pondrá su espíritu sobre este siervo para que pueda impartir justicia a las naciones, ser una luz, abrir los ojos de los ciegos y liberar a los prisioneros. En Mateo, cuando Jesús es bautizado, el Espíritu de Dios desciende sobre él y Dios se complace en él. La relación aquí no es entre Dios y su siervo, sino entre Dios y su Hijo amado: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». 

El antiguo testamente nos trae el cantico de Isaiás, se conoce como uno de los cuatro “cánticos del Siervo de Yahveh”.  En el primero de los Cantos del Siervo se llama El siervo del Señor, el profeta ofrece un retrato del tipo de liderazgo que debemos esperar de alguien llamado por Dios: paciente, no violento y misericordioso.  En la mayoría de los casos, el Siervo llamado por Dios para traer justicia, como dice Isaías, "no desfallecerá ni se desanimará hasta que haya establecido la justicia en la tierra" (v. 4). El Siervo elige un trabajo paciente, pero incansable, por la justicia, un trabajo que echa raíces, un trabajo que aviva constantemente las buenas ideas hasta convertirlas en una llama.  El establecimiento de la justicia debe llevarse a cabo no con violencia ni con el uso de la fuerza dominante, sino a través de la humildad, la pasividad, la moderación y la perseverancia.   

Este cuento de la intervención de Dios en la creación, a través de un pueblo elegido, constituye el centro del don que la Iglesia ofrece a las naciones en la Epifanía. Israel recibió de su profeta Isaías lo como que la Iglesia recibió de Cristo, y es precisamente esto lo que la Iglesia proclama al mundo: la revelación de que el Dios creador es un Dios justo que devuelve la vista a los ciegos, la libertad a los cautivos y otorga fortaleza a quienes le sirven. 

Ahora estamos con Juan.  Viéndolo bautizando gente con agua para purificarlos.  Juan les dice, “Yo los bautizo con agua para el arrepentimiento, pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, y no soy digno ni de llevar sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego.”  Y cuando Juan está hablando de esto, Jesús llega en ese momento.  Jesús le dice a Juan, “déjalo así, por ahora, pues es conveniente que cumplamos todo lo que Dios ha ordenado”. Entonces Juan consintió y lo bautizo.  

Luego los cielos se abrieron y el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma de paloma y dijo, «Este es mi Hijo, el Amado, en quien he elegido». Podemos suponer, por lo tanto, que Dios está muy contento con el bautismo de Jesús. 

Recuerden que, en la Transfiguración, cuando llegan Jesús y los tres discípulos a la montaña.  Jesús fue transformado y cambiado.  Su rostro brillaba como relámpago y del cielo vino la voz de Dios.  “Este es mi Hijo, el Amado; en él tengo mis complacencias; ¡escúchenlo!” 

Pero cuando Jesús murió, este Evangelio nos dice: «En ese momento, la cortina del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y las rocas se partieron». La cortina de la que hablaba el evangelista era una pesada tela que separaba la parte más sagrada del templo de Jerusalén, donde se creía que residía la presencia de Dios, del resto del templo (y del mundo). 

Es interesante que cuando Jesús fue bautizado, los cielos abrieron.  Cuando Jesús murió, la cortina en el templo fue rompida en medio.  En los dos casos, abrieron por diferentes razones, pero similar por su comienza de su ministerio y el fin de su ministerio. 

Hoy, mucha gente llegó a conocer el hijo de Dios, Jesús el Cristo, El Mesías.  Por las palabras que han escuchado este día. Este es mi Hijo amado, a quien he elegido. 

Elegido para perdonar nuestros pecados y darnos vida eterna. 

¿Cómo podemos, como pueblo de Dios hoy, moldear nuestras acciones y actitudes para que sean dignas de nosotros como siervos de Dios, personas en quienes Dios se complace? ¿Somos verdaderamente siervos de Dios, estableciendo la justicia en la tierra como en el cielo? 

Siempre hay una lucha por la justicia y paz.  No solamente entre seres humanos, pero también entre países. Les dejo con esta pregunta.  ¿Cómo podemos ser buenos siervos y testigos del Señor? 

AMEN