Un sermón de Padre Juan Sandoval
Propio 21 – Año A
Hemos tenido unos evangelios poderosos en tres domingos. Primero, Jesús nos habla de perdón y reconciliación. Luego el domingo antes nos habló de la justicia de Dios. Esta semana Ezequiel habla de los pecados de nuestros antepasados. Jesús habla con los jefes del templo. Todo esto es después de que Jesús entró en el templo donde compraban y vendían. Él volcó las mesas de los que cambiaban dinero y vendían palomas.
Ahora llega al templo y los jefes de los sacerdotes le hacen la pregunta, ¿Con qué autoridad haces esto? Luego Jesús contesta con, ¿Quien envió Juan a bautizar? Muchas preguntas por muchas personas.
Jesús en su ministerio ha hecho 307 preguntas y otros le han preguntado 183 veces. Lo más interesante es que Jesús dio solamente tres respuestas.
Juan el bautista le pregunto ¿si eres el que esperamos o debemos de esperar más? Los jefes de los sacerdotes le preguntaron sobre divorcio, de los impuestos, de los diez mandamientos y quizás al fin, Poncio Pilato le pregunto si era el rey de los judíos. No hubo respuestas de Jesús. En el evangelio de hoy, no hay una respuesta.
Ahora Jesús les cuenta de los dos hijos. Uno dice que va a trabajar en viña, pero no va. Para mí, parece que puede ser como un joven tiene sus trabajos en la casa. Por ejemplo, botar la basura, lavar los trastes, o hacer su tarea para la escuela. ¿Lo han hecho o no lo han hecho? Pienso que en nuestra vida hemos de dejar de hacer tal cosa a pesar de decir que si lo hemos hecho o lo haremos. Cuando llega cerca de navidad y el niño esta sentado en santa Claus. El hace la pregunta, ¿has sido muy bueno este año? ¿Cuál es la respuesta del niño?
El otro hijo dice que no va, pero si llega a la viña. Pero luego está el otro hijo. Este es el hijo que recibe la mayor parte de la atención de Jesús. A diferencia de su hermano, al principio dice que no ayudará en la viña, pero termina haciéndolo.
La verdad que esta parábola no tiene nada que ver con las dudas iniciales de este segundo hijo, sino con el hecho de que, al final, él acudió. De hecho, la dinámica de esta parábola refleja la dinámica de nuestra vida con Dios. Sin importar lo que hayamos hecho, o lo que inicialmente nos haya impedido actuar, Dios siempre nos extiende una invitación. Constantemente somos atraídos hacia un lugar nuevo: hacia nuevas profundidades de fe y hacia un nuevo plano de descubrimiento divino.
Esta parábola pone de manifiesto una verdad irrefutable: ¡Dios aún no ha terminado su obra con nosotros! Para responder plenamente a la invitación de Dios, debemos estar dispuestos a dejar atrás el pasado —por muy cómodo, familiar o provechoso que haya sido— y volvernos hacia el futuro, con todas sus incertidumbres, interrogantes y ansiedades.
Aunque las instituciones, las estructuras y las personas se empeñen en levantar muros y encerrarnos en compartimentos, ¡Dios siempre está derribando barreras, cruzando líneas y desafiando los límites para invitarnos a una vida nueva y abundante! La parábola que cuenta Jesús es universal porque, en algún momento, todos nos hemos encontrado en ese espacio liminal entre la relativa facilidad y comodidad de decirle «sí» a Dios y el acto concreto de dar un paso tras otro para recorrer el sendero de tierra y piedras que conduce a la viña.
Pero al final del día, una cosa permanece cierta: hay más reino para construir, y Dios ha hecho un llamado a todos los que se atrevan a unirse. Espero verlos a todos en la viña.
AMÉN