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Esperanza, Paz y Alegría

Un sermón de Padre Juan Sandoval
Adviento 3 – Año A

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor, 
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador.

Ahora es el tercer domingo de Adviento, el domingo de alegría. Ya María y José están caminando hacia Belén buscando posada cada noche. Pienso que era tiempo de ansiedad, pero también tiempo de alegría porque se acercaba el tiempo del nacimiento del niño. Este es el tiempo que nosotros también nos acercamos más al nacimiento de Jesús. 

¿Qué pasaba en este tiempo hace como dos mil años? Es tiempo cuando todos los judíos tenían mucho miedo porque el Rey había dicho que todos primeros hijos tenían que morir. Para María y José era tiempo de esperanza y tiempo de alegría, pero también era tiempo de tener mucho cuidado por lo que dijo el Rey. Pienso que los dos tenían miedo por la voluntad del rey y también porque estaban caminando a un país extraño. María estaba embarazada ya casi nueve meses y caminaba en un burrito. Todo esto no sería muy fácil. El ángel, Gabriel, había visitado para entregarles las buenas noticias. Noticias que María será la madre del Hijo de Dios y que lo debía nombrar Jesús. 

Las lecturas de la temporada de Adviento nos dan historia, nos dan esperanza, nos dan luz, y alegría por el nacimiento del niño Jesús.

En vez del salmo, esta mañana dijimos el Cantico de María. El cantico que es tan bonito y mejor nos dice lo que María sentía en esos días. El Magníficat es el himno de alabanza de María, del Evangelio de Lucas, pronunciado cuando visita a su prima Isabel. Es un cántico poderoso que exalta a Dios por su favor, prometiendo la ruina de los orgullosos y la elevación de los pobres, y cumpliendo antiguas promesas a Israel, convirtiéndolo en una declaración de cambio social mediante la misericordia de Dios. Su nombre proviene de la primera palabra de la traducción latina, «Magníficat», que significa «glorificar». 

Es impresionante porque hay las buenas noticias para todos los desamparados, hambrientes, ciegos, cojos, sordos, prisioneros y oprimidos. Nuestra confianza no debe ser en los políticos, ni en seres humanos. Nuestra confianza debe ser en nuestro Dios. 

Ahora que nos acercamos más al día cuando celebramos el nacimiento de Jesús, el Cristo, nuestro salvador, es tiempo de pensar y tener esperanza y también del tiempo de la segunda venida de Cristo.

Esperanza no es solamente por el nacimiento, recuerden cuando llevaron a presentar Jesús en el templo, Ana y Simeón estaban en el templo haciendo la voluntad de Dios y esperando el día cuando vieran el Mesías. Los dos estuvieron trabajando en el templo por muchos años. Su esperanza fue completo cuando vieron al bebe Jesús y Simeón dijo, mis ojos han visto el salvador, el Mesías. Ya puedo morir en paz. 

También, Juan el Bautista, conoció a Jesús cuando llego a ser bautizado en el rio Jordán. El que nos dice que ni siquiera debe llevar las sandalias de Jesús. Él que fue apuntado por su Padre en los cielos para llegar a perdonar nuestros pecados y para darnos vida eterna. Pero a pesar de esto, todavía, cuando estaba como prisionero, envió un mensaje a Jesús preguntando si era el mesías o si todavía necesitaba esperar. Cristo le contestó en lo que no había duda. Jesús les contestó: «Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo. Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia. 

¿Qué significa esto para nosotros, quienes, como Juan, seguimos cautivos de las múltiples ambigüedades del mundo y anhelamos una respuesta clara a nuestras preguntas? 

Significa que debemos reorientar nuestra búsqueda de respuestas. Lo que buscamos comprender como seguidores de Jesús no son ideas encerradas en algún lugar, o reservadas para los especialmente sabios, poderosos o piadosos. Las respuestas, en cambio, siempre se encontrarán en la vivencia de la buena nueva: la práctica del amor y la justicia en nuestras iglesias, comunidades y hogares. Las verdaderas respuestas se encuentran en hacer lo mismo que Jesús hizo: escuchar, sanar, reconciliar, liberar, dar gracias y dejar ir. Y si hacemos estas cosas, un día miraremos atrás y diremos: «Sí, ya lo veo: ahí estaba. Ahí estaba mi respuesta. Ahí estaban todas las respuestas a cada pregunta». 

Las señales de esta temporada son importantes, paz, luz, esperanza, alegría y paciencia. Vemos la luz en las velas de los cuatro Domingos de Adviento. Esperanza en venga de nuevo Nuestro Salvador, Nuestro Cristo y que tengamos paciencia durante estos tiempos que nos ponen a prueba nuestra paciencia. Cuando caminamos en este tráfico tan fuerte en Atlanta y los alrededores, cuando compramos regalos en la tienda y hay tanta gente haciendo lo mismo porque esperan Navidad y están preparando. Pero también tengan paciencia con su pareja, con su familia porque el gran concepto de Navidad es amor. Así como José amaba María tanto que entrego su vida a ella y a Dios por la visita de Gabriel, el ángel. En todo su camino a Belén, Dios estaba con esta pareja y los amaba mucho. Y por el nacimiento de Jesús, había gran alegría. Nosotros también debíamos tener esa alegría en nuestros corazones y en nuestra alma para el Mesías, para Dios y para nuestra familia. 

En esta tercera semana de Adviento, recordemos que la buena noticia del nacimiento de Jesús tiene el poder de traernos gran alegría en esta Navidad. Nuestra alegría no depende de lo que suceda en nuestra vida, en nuestro mundo ni de las personas con las que estamos. No depende de los regalos que damos ni de los que encontramos bajo el árbol. Nada terrenal puede darnos alegría completa. Nuestra alegría viene de ti. Esa alegría que inundó los corazones de los pastores, los ángeles, los Reyes Magos, las huestes celestiales, María y José es la alegría que aún tiene el poder de llenar nuestros corazones de regocijo. 

Para nosotros que buscamos la verdad, tomen su tiempo para orar cada día, tomen su tiempo para arrepentirse, orar por nuestro Salvador, orar por nuestra familia, orar por nuestro país, este mundo, y la Catedral de San Felipe. Siempre debemos dar gracias y alabanzas con alegría a nuestro Señor. Así todos pueden florecer en el año nuevo que llega. Abren sus corazones a la luz de Navidad de Jesús y que cada uno de nosotros seamos fuente de amor, luz e inspiración a todos que encontramos.

AMEN.