Un sermón de Padre Juan Sandoval
Día de los Santos
Recordamos con gratitud y esperanza
En este Día de Todos los Santos recordamos con gratitud a nuestros familiares, amistades y antepasados: nuestros santos antepasados. Como familia de fe, hijas e hijos de Dios y coherederos con Cristo, compartimos las cargas de los demás. Recordamos a quienes han muerto con la esperanza y la confianza que tenemos en Cristo resucitado.
También damos gracias por los santos cuyas historias conocemos: Marcos, Isaías, Felipe, Elías, Santiago, Teresa, María, María y Marta. Sus vidas fueron distintas. Entre ellos hubo pescadores y personas con otras vocaciones, con debilidades y pecados, pero también con fe. Sus historias nos ayudan a reconocer la fidelidad a Dios en vidas humanas como las nuestras.
Las historias que conservamos en la Biblia son sagradas. También las historias son santas de nuestros antepasados fieles a Dios, que compartimos de generación en generación.
La comunión de los santos y nuestro bautismo
Hoy, domingo, recordamos a todos los santos y damos gracias por su dedicación al Evangelio de Cristo. Al honrar su fidelidad, recordamos también nuestro propio llamado. En el bautismo hemos sido sellados como personas que pertenecen a Cristo. En él, Dios nos ha escogido para cumplir su voluntad en este mundo, conforme a su propósito, y nos ha dado el don espiritual de la sabiduría para conocerlo verdaderamente y vivir ese llamado.
Algunos santos han sido canonizados por la Iglesia. Pero también recordamos a muchos que no aparecen en sus libros: hermanos y hermanas que conocimos y amamos por su servicio a los demás en el nombre de Cristo. Damos gracias por los santos reconocidos públicamente y por aquellos cuya fidelidad conocimos de cerca.
Recordar, recibir y vivir con fidelidad
En este Día de Todos los Santos recordamos a los santos vivos y a los que han muerto. La Biblia conserva la palabra de Dios. También es importante recordar las historias de nuestras familias y de las amistades que nos han acompañado a lo largo de la vida. Contemos esas historias y demos gracias a Dios por ellas en nuestras oraciones.
El bautismo nos llama a vivir como personas que pertenecen a Dios y a llevar al mundo la certeza de ser amados por él. Nos une a esta «nube de testigos»: la comunión de los santos. Como piezas distintas unidas en una colcha, Dios ha entrelazado nuestras vidas con las de los santos que nos precedieron, los que caminan ahora a nuestro lado y los que vendrán después de nosotros.
Por medio del bautismo, nuevos santos pasan a formar parte de esta comunión. En unos instantes, cuando renovemos juntos nuestros votos bautismales, recordemos que no prometemos ser perfectos, sino ser fieles y volver siempre la mirada hacia Aquel que nos llama bienaventurados. Son muchos los santos, y a todos los recordamos.
El Evangelio de hoy nos presenta el sermón en la montaña. Jesús baja con sus discípulos y se detiene en un lugar. Allí les habla de los dichosos: los pobres, los que sufren, los humildes y los que son perseguidos por su causa.
Muchas veces olvidamos a estas personas. Yo las llamo personas invisibles, como quienes viven en las calles y pasan inadvertidos ante nuestros ojos. Jesús también nos llama a amar a nuestros enemigos y a hacer el bien a quienes nos odian. Su llamado no se limita a amar a quienes nos aman. No es fácil vivir estos mandatos.
Vivamos estos compromisos buscando ser fieles, no perfectos.
Hoy celebramos con especial alegría el bautismo de cinco nuevos santos que se incorporan al pueblo de Dios y a esta familia de San Felipe. Oremos por ellos y acompañémoslos en su camino de fe.
Al recibirlos y renovar nuestros votos bautismales, comprometámonos a seguir a Cristo con hechos. Así honramos la memoria de quienes nos precedieron y compartimos con los nuevos miembros de nuestra familia una vida de servicio y de fe.
No prometemos ser perfectos; prometemos ser fieles. Recuerden que el mundo esta en las manos de Dios y sus manos están llenas de gracia.
Amén.