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Cuantas Veces

Un sermón de Padre Juan Sandoval
Propio 19 – Año A

 

En el Evangelio de hoy, Pedro le hace a Jesús una pregunta profunda: ¿cuántas veces tenemos que perdonar? Jesús no responde con una cifra para contar. Responde con una invitación a vivir de otra manera: perdonar sin llevar la cuenta, porque Dios nos perdona primero. 

Pedro quizá buscaba una respuesta sencilla. Tal vez quería saber cuándo ya había cumplido. Pero Jesús le muestra que el perdón verdadero no se calcula; nace de un corazón transformado por la gracia. 

En la Biblia, el número siete expresa plenitud. Por eso Jesús no nos invita a contar ofensas, sino a vivir un perdón completo. Un perdón exigente, sí; pero posible con la ayuda de Dios. 

Jesús hablaba del Reino celestial a las personas de su tiempo, y su palabra sigue siendo necesaria hoy: el camino hacia Dios es un sendero de amor, compasión, bondad y perdón. 

Cuando miramos el mundo, vemos lo que sucede cuando reinan la codicia, el orgullo y la falta de diálogo. Vemos violencia. Vemos guerra. Vemos sufrimiento entre personas y pueblos. Pero el Evangelio nos trae de vuelta a lo cercano: a la familia, a la comunidad, al hermano y a la hermana que tenemos delante. 

Y ahí aparece la pregunta verdadera: ¿queremos recibir el perdón de Dios? Sí, claro que sí. Pero ¿estamos dispuestos a ofrecer ese mismo perdón a los demás? Esa parte nos cuesta más. 

El salmista dice: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para la ira y grande en bondad”. Qué grande noticia para nosotros. Porque fallamos. Pedimos perdón. Y confiamos en que Dios nos recibe con misericordia. Pero cuando alguien nos hiere, muchas veces hacemos lo contrario: somos rápidos para la ira, lentos para perdonar y duros en nuestras palabras. 

Dios nos ama tanto que perdona todas nuestras iniquidades y sana nuestras dolencias. 

En el fondo, todos hemos pecado. No importa quiénes seamos. No importa si crecimos en la Iglesia, si fuimos ordenados, si leemos la Biblia cada día o si servimos en un grupo de oración. Todos necesitamos misericordia. Y por eso seguimos escuchando la misma pregunta: 

¿Cuántas veces deberé perdonar a mi hermano o a mi hermana si me hace daño a mí o a la comunidad? 

La respuesta de Jesús nos lleva más allá de la venganza. Más allá del rencor. Más allá del deseo de tener la razón. Si estamos heridos o enojados, el Evangelio nos llama a buscar la reconciliación, a sanar la relación y, cuando sea posible, a abrir de nuevo el camino hacia la comunión. 

Así, nuestro papel no es solamente perdonar, sino también reconciliar y abrir caminos para volver a la comunión. 

Jesús nos muestra, con su vida y su ministerio, que la reconciliación es fundamental para su mensaje y su misión. Lo vemos en la forma en que se acercó a los cobradores de impuestos, a los leprosos, a las mujeres rechazadas y a tantos otros: siempre enseñando justicia, paz, conversión y misericordia. 

La Biblia nos ofrece muchos rostros de este perdón. 

Pensemos en José. Sus hermanos lo traicionaron, pero él no respondió con venganza. Con el tiempo, los recibió con misericordia, cuidó de su familia y nos enseñó que el perdón puede romper cadenas antiguas de dolor. 

Pensemos también en Pablo. Antes perseguía a los cristianos. Pero Jesús salió a su encuentro, lo perdonó y lo transformó en discípulo y apóstol. Así trabaja la misericordia de Dios: no solo perdona el pasado, también abre una misión nueva. 

Y pensemos en el hijo pródigo. Cuando vuelve arrepentido, el Padre no lo humilla. No lo rechaza. Lo recibe con alegría, lo abraza con misericordia y le devuelve la dignidad de hijo. 

Por eso no podemos presentar a Dios solo las partes buenas de nuestra vida. Dios quiere encontrarse con todo lo que somos: nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras obras, nuestras heridas y también nuestras luchas para perdonar. Ninguno de nosotros se sostiene por mérito propio. Todos dependemos de la gracia y de la misericordia inmerecida de Cristo, que perdona nuestros pecados y nos enseña a perdonar. 

Hermanos y hermanas: recibamos la misericordia de Dios, y llevemos esa misericordia a los demás. Perdonemos. Busquemos la reconciliación. Y vivamos como hijos e hijas del Padre que siempre perdona. 

 AMEN.