Un sermón de Padre Juan Sandoval
Navidad 2 – Año A
Con el nacimiento de Jesús, hijo de María y José, ¡todo cambió! El mundo entero se transformó. Dios no solo amaba a su Hijo, sino que nos lo dio porque nos amaba a nosotros, su pueblo, su rebaño. Nuestra esperanza se basa en el amor de Dios, y esta esperanza es un don para la Iglesia. La encarnación de Dios en Jesús cambió para siempre la relación entre los seres humanos y Dios, invitándonos a una nueva cercanía y confianza.
Vienen a la mente las palabras del Génesis: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra», sin forma y en tinieblas, hasta que Dios dijo: «Hágase la luz». De manera semejante, las palabras de Juan del domingo anterior resuenan profundamente: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Juan no solo habla de la creación, sino de la re-creación: de Dios acercándose a nosotros en carne y luz.
Recordemos a los ángeles que llegaron a María y también a José, mensajeros de Dios. Esta mañana, Mateo nos presenta lo que ocurrió después de que los tres magos regresaron a su país. Entonces llega un ángel para avisarles de los planes de Herodes.
En un sueño, José recibe el mensaje de que el niño al que fue llamado Jesús está en grave peligro. Herodes va a buscar al niño para matarlo, al mismo que los Reyes Magos anunciaron como el futuro Rey de los judíos, título que Herodes ostentaba en nombre del César. José debe llevar a su familia a Egipto, donde comenzó la historia de Israel. Egipto, donde el faraón ordenó el asesinato de todos los bebés hebreos. Egipto, donde Moisés fue el único superviviente de aquel primer genocidio y salvó al pueblo de Dios. Moisés tuvo un viaje diferente: caminó en una canasta por el río hasta ser rescatado por una princesa. Es irónico que Egipto, escenario de opresión, sea ahora un refugio seguro para la Sagrada Familia. Jesús, María y José se convierten en refugiados, inmigrantes que buscan asilo huyendo de la violencia que está por desatarse en Belén. Finalmente, llegan a Galilea, a un pequeño pueblo llamado Nazaret.
Esta es la historia de una familia —sí, una familia santa— que tuvo que huir para sobrevivir. También nosotros enfrentamos peligros, problemas y riesgos en nuestras vidas y en nuestras familias.
Esta es una época para todas las familias. Dios nos envía a su Hijo, el Redentor de toda la humanidad —para toda la humanidad— para guiar y bendecir a cada familia. Este es un tiempo en que las relaciones son importantes: nuestra relación con Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— y también con nuestra familia inmediata, nuestra familia extendida, nuestra iglesia, nuestra comunidad e incluso con aquellos que aún no conocemos. Sin importar de dónde vengamos ni cuál sea nuestra historia, la luz de Cristo nos invita a una nueva relación con Dios y con los demás. Hoy quizá tengamos la oportunidad de acercarnos a Jesús, este niño frágil y pequeño que es también nuestro Salvador, el que nos fue dado por el Padre. Él nos acerca a Dios, trayendo el cielo a la tierra y haciéndonos hijos de Dios. Jesús es la luz que brilla en la oscuridad, y la oscuridad no puede vencerla.
El Evangelio nos invita a conocer y responder a la gracia y la misericordia de Dios. Estamos llamados a ser bondadosos, invitando a todos a formar parte de la familia: extraños, pecadores, todos son bienvenidos a convertirse en pueblo de Dios y parte de su Iglesia. Así podemos compartir el amor de Dios a pesar de las leyes, las organizaciones o las fronteras que puedan dividirnos. No debemos ser esclavos de la ley; más bien, hermanas y hermanos, debemos ser el pueblo de Dios que practica la redención, la hospitalidad y el amor. El Evangelio es un evangelio de paz, amor, libertad y justicia para todo el pueblo de Dios. Recordemos: nosotros no controlamos la vida; solo Dios lo hace. Gracias a Dios.
Dios salvó a la humanidad a través de Jesucristo, para todos. El cristianismo nos ofrece una fe de redención espiritual, íntimamente conectada con nuestra vida humana, nuestra existencia y nuestra experiencia. La historia de la Navidad no es solo una celebración del nacimiento de Cristo, sino una invitación a la esperanza y a la unidad para todos.
Yo doy gracias por esta familia de San Felipe. Sí, todos ustedes son una gran familia, una santa familia. Dios los ama a todos, y les deseo un próspero año nuevo, un año de amor y bondad. Caminemos en la luz de Dios, en un sendero recto y bueno.
Siempre damos gracias a Dios, fuente de toda vida y toda luz. Amén.