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Amén su Prójimo

Un sermón de Padre Juan Sandoval
Propio 18 – Año A

 

Dame entendimiento, y guardaré tu ley, la cumpliré de todo corazón. Concede, oh, Señor, que confiamos en ti de todo corazón. 

Somos pecadores, y todavía Dios nos ama. Pablo nos anuncia las buenas noticias: los mandamientos de Dios no son una carga, sino una invitación a vivir la fe cada día. Cuando amamos al prójimo como a nosotros mismos, la caridad nos transforma y nos ayuda a ser personas nuevas. Así entra la luz de Nuestro Señor en nuestra vida. 

Pablo nos habla de muchas leyes, pero también las condensa en una sola enseñanza: la ley del amor que nos dio Jesús. Si vemos a nuestro vecino, a la persona que está cerca de nosotros, estamos llamados a amarla como a nosotros mismos. Siempre debemos buscar el bien del otro. Otra vez, Pablo nos recuerda que las palabras de Jesús tienen dos partes: amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo. 

Esta invitación no es solamente una idea bonita; es una forma diaria de vivir la fe. Amar al prójimo abre espacio para que la luz de Cristo transforme nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones. 

Me parece que en estos días vemos mucho odio contra personas por su religión, por el color de su piel o por sus creencias. Esta semana, al ver las noticias, escuché casi cada tarde historias de una persona o de muchas personas asesinadas por una razón u otra. Eso me toca profundamente y muchas veces me hace llorar por la gente. Por eso necesitamos el amor de Cristo. 

Cuando escuchamos estas noticias, la pregunta no es solamente qué está pasando en el mundo, sino cómo respondemos como cristianos. ¿Podemos vivir de otra manera? ¿Podemos mostrar el amor de Cristo cuando el mundo parece lleno de odio? 

Como vimos en Nepal, muchas personas de diferentes países llegaron para ayudar a buscar a la gente con su equipo técnico y con su humanidad. El viernes encontraron a dos hombres, y el sábado encontraron a otro hombre, todos vivos bajo el lodo y el agua que dejó tanta muerte. En ese momento no había fronteras: solo había prójimos necesitados y personas dispuestas a amar con hechos. 

¿Por qué no podemos tratarnos unos a otros con este amor y compasión todo el tiempo, aun cuando no hay tormenta ni desastre? Así nos habla Pablo en la epístola a los romanos: El que tiene amor no hace mal al prójimo. Así que en el amor se cumple perfectamente la ley. 

Piensen cómo sería este mundo si pudiéramos amar a todos como familia. Otra vez, Pablo nos dice: dejemos de hacer las cosas propias de la oscuridad y revistámonos de luz, como un soldado se reviste de su armadura. 

Al final, Pablo nos recuerda lo que Dios está haciendo en este mundo. Si vivimos fielmente en la presencia de Dios, Dios nos promete amarnos fielmente ahora y por siempre. Por eso, dejemos atrás las inmoralidades, la codicia y todo lo que solo busca satisfacer los malos deseos de la naturaleza humana. 

¡Ya es tiempo de despertarnos del sueño, llegar al día nuevo, abrir los ojos y ver la luz! Esa luz verdadera nos guía para ser buenos cristianos: no solo para hacer lo que pensamos que es suficiente, sino para hacer todo lo necesario para ayudar y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. 

Así, cuando los tiempos parecen oscuros como la noche, todavía podemos ver la luz que Dios nos da. Si nos revestimos con la armadura de Jesucristo, estaremos listos para lo que viene y no viviremos dominados por la preocupación, porque Dios estará con nosotros. Sí, abran los ojos y los corazones: ¡dejen entrar la luz de Dios y salgan a amar al prójimo! AMÉN.